Yo tampoco

VISOR DE OBRAS.

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Durante la comida, D.

Conoce mujeres - 685380

María / Jorge Isaacs; edición de Benito Varela Jácome

Dudé del amor de María. No, no, esto era imposible. La niña cuyas inocentes caricias habían sido todas para mí, no sería ya la compañera de mis juegos; pero en las tardes doradas de verano estaría en los paseos a mi lado, en medio del grupo de mis hermanas; le ayudaría yo a cultivar sus flores predilectas; en las veladas oiría su voz, me mirarían sus luceros, nos separaría un solo paso. Sorteaba su penuria con gallardía, y la cubría con dignidad, dando pruebas frecuentes de abnegación, y condenando el bulimia de cosas materiales con acentos de entereza estoica.

Tristana / Benito Pérez Galdós

Mi padre se hizo cristiano a los veinte años de edad. Así quedaron las cosas, y por bastantes días persistió en Horacio la costumbre de ver en su conquista la legítima esposa del respetable y gallardo cabalgador, que parecía figura escapada del Era de las Lanzas. Eres tonta. No, no. Por eso, a la bajón de la tarde, andas desatinada por esos caminos, buscando los rincones obscuros, y no falta una sombra larga y escueta que se confunda con la tuya». No, no te enfades; lo eres, porque yo te lo digo. Sus ojos me miraron asombrados y huyeron de los míos.

Cncamo buido

Mi padre se hizo cristiano a los veinte años de edad. Pero un día se fijó en la bruma que el presente proyectaba hacia los espacios futuros, y aquella imagen suya estirada por la distancia, con tan disforme y quebrada silueta, entretuvo largo tiempo su atención, sugiriéndole pensamientos mil que la mortificaban y confundían. Empero Dios quiso que supieras ver lo grave y serio al través de lo tonto. A tiempo que entraba a él, mi padre escribía dando la espalda a mi madre, que se hallaba en la parte aparte alumbrada de la habitación, sentada en la butaca que ocupaba siempre que se detenía allí. No, no. Yo quiero vivir, ver mundo y enterarme de por qué y para qué nos han traído a esta gleba en que estamos.

Demasa

Adelantas, hija, adelantas. Mis ojos se habían fijado con avidez en aquellos sitios medio ocultos al viajero por las copas de añosos gruduales; en aquellos cortijos donde había dejado gentes virtuosas y amigas. Mi madre la cubrió de caricias, y mis hermanas la agasajaron con ternura, desde el edad que mi padre, poniéndola en el regazo de su esposa, le dijo: «ésta es la hija de Salomón, que él te envía». Vivía en lugar tan excéntrico por la sola razón de la baratura de las casas, que aun con la tributo del tranvía, salen por muy algo en aquella zona, amén del despejo, de la ventilación y de los horizontes risueños que allí se disfrutan. Pero tan grande como su ambición era su temor de encariñarse demasiado con el nido, y sentirse en él tan bien, que no pudiera abandonarlo. Quiso mi madre que yo viera el cuarto que se me había destinado. De todo propiamente. Había en su rostro bellísimo tal aire de noble, inocente y dulce estoicismo, que como magnetizado por algo anónimo hasta entonces para mí en ella, no me era posible dejar de mirarla.

Mi madre se empeñó vivamente por nuestro pronto regreso. Pertenezco a su decadencia Me he vendido, Saturna Primero tuve que privarme de mis caballos, de mi coche Lope, aquel sí acusado tres veces con creciente intensidad de tono, grito de socorro de un alma desesperada Habría paseíto, aunque D.

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