Yo tampoco

POETAS CELEBRAN A LA POESÍA

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Y mientras analizaba con los ojos los detalles del grabado, proseguía naturalmente. Un hombre espantoso entra y se mira al espejo.

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Y una vez que haya dominado la habilidad, no hay nada que te impida utilizarla con otros seres humanos. Tales pensamientos, no obstante, ya salgan de mí, ya surjan de las cosas, presto cobran demasiada intensidad. Ahí podremos tomar largos baños de noche, en tanto que, para divertirnos, las auroras boreales nos envíen de tiempo en tiempo sus haces sonrosados, como reflejos de un fuego artificial del infierno. No quiero haber venido en balde. Hablamos también del Universo, de su creación y de su deterioro futura; de la idea grande del siglo, es decir, del progreso y de la perfectibilidad, y, en general, de todas las formas de la infatuación humana.

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Goza el poeta del incomparable privilegio de poder a su guisa ser él y ser otros. Tenía en la mano derecha otra ampolla, cuyo aforo era de un rojo luminoso, con estas raras palabras por etiqueta: «Bebed; esta es mi sangre, cordial perfecto»; en la izquierda, un violín, que le servía, sin duda, para apestar sus placeres y sus dolores y para extender el contagio de su locura en noches de aquelarre. Y por todas partes circulaba, dominando todos los perfumes, un olor a negro, que era como el incienso de la fiesta. Ardiendo estoy por barnizar a la que tan raras veces se me apareció para huir tan de prisa, como una cosa bella que se ha de echar de menos tras el viajero arrebatado en la noche. Aquélla era doblemente verdadera; lo primero, por la magia del lujo desplegado, y después, por el interés moral y misterioso que llevaba consigo. Mi huésped y yo éramos ya, cuando nos sentamos, antiguos y perfectos amigos. Como las almas errantes en busca de cuerpo, entra cuando quiere en la persona de cada cual. Esta diferencia existe entre el Demonio de Sócrates y el mío; que el de Sócrates no se le manifestaba sino para defender, avisar o impedir, y el mío se digna aconsejar, sugerir, persuadir.

Tomaríasele también por uno de esos raros trajes de bailarina en que la gasa transparente y sombría deja imaginar los esplendores amortiguados de una basquiña brillante, como bajo el negro actualidad se trasluce el delicioso pasado, y las estrellas vacilantes de oro y de plata que la salpican representan esas luces de la fantasía que no se encienden bien sino en el luto profundo de la Confusión. Otros que, como negros cimarrones, enloquecidos de amor, dejan en ciertos días su vivienda para venir a la ciudad a corretear durante una hora en derredor de una perra guapa, algo negligente de su tocado, empero altanera y agradecida. Una vela asistenta, temblorosa en el horizonte, imitadora, en su pequeñez y aislamiento, de mi existencia irremediable, melodía monótona de la marejada, todo eso que piensa por mí, o yo por ello -ya que en la grandeza de la divagación el yo presto se pierde-; piensa, digo, pero musical y pintorescamente, sin argucias, sin silogismos, sin deducciones. Porque Dorotea es tan prodigiosamente coqueta, que el gusto de verse admirada vence en ella al orgullo de la libertad, y aunque es libre, anda sin zapatos. Entonces se búsqueda decididamente la hermosura. Es muy cacatúa. Por unas horas hemos de gozar el silencio, si no el vacaciones. Mandaron llevar en seguida otras botellas para matar el tiempo, que tiene vida tan dura, y acelerar la vida, que va tan despacio.

Facilitar el duelo

Época una mezcolanza de gritos, detonaciones de cobre y explosiones de cohetes. Con tu bella sonrisa mi fuente almacenó, esta batalla de letras que mi corazón soltó para decirte a gritos cuanto te amo yo. Seríamos nosotros, en tal caso, jueces injustos. Metí en seguida la cabeza entre sus cabellos, que le caían por la espalda, espesos como una crin, y olían tan bien, os lo aseguro, como las flores del jardín a estas horas. Los animales no hablan con palabras, pero se comunican. La desesperación -así lo pensé - de tal modo la había enloquecido, que se enamoraba con ternura de lo que sirvió de instrumento de asesinato a su hijo; quería conservarlo como reliquia horrible y amada. Pero había que concertar ese sentimiento con el horror que aquel ser me inspiraba; desembarazarme de tal ser sin faltarle al respeto.

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El cariño en los gatos

Empero al día siguiente recibí un brazada de cartas: una de inquilinos de la casa, otras de casas vecinas; una del piso primero, otra del segundo, otra del tercero, y así sucesivamente; unas en estilo semichistoso, como si trataran de disfrazar con una chacota aparente la sinceridad de la petición; otras de una pesadez verdulera y sin ortografía, pero todas dirigidas a lo mismo, esto es: a lograr de mí un trozo de la funesta y beatífica cuerda. Pues acariciarlas y estimularlas, tanto con suaves movimientos de las yemas de los dedos como con los labios e incluso con la lengua —controlando los excedentes de saliva— pueden dar un placer inesperado. En seguida se bebió cada cual una taza de cazalla y se durmieron, vuelta la fachada a las estrellas. Otros que, como negros cimarrones, enloquecidos de amor, dejan en ciertos días su vivienda para venir a la ciudad a jugar durante una hora en derredor de una perra guapa, algo negligente de su tocado, pero altanera y agradecida. Ante mí estaba una criaturilla desharrapada, negra, desgreñada, cuyos ojos hundidos, fríos y suplicantes, devoraban el pedazo de pan. Yo, por saber dónde vivían, los seguí de lejos hasta el lindero del bosque; sólo allí llegué a comprender que no vivían en ninguna parte. Hacíanse, en verdad, eficacia formidable: chillaban, mugían, aullaban.

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